domingo, 28 de junio de 2009

Una cuestión de color

La limusina intentaba abrirse paso entre la locura circulatoria de Manhattan, era la hora punta, cuando Wall Street cerraba y todos los abogados, asesores financieros y brokers volvían a casa después de un largo día de trabajo, convirtiendo la ciudad en una especie de hormiguero, caótico y ruidoso. Bueno, todos no, para Warren Workington, sentado en su limusina con gesto cansado y el traje arrugado (señal de las muchas horas pasadas en la oficina) la jornada laboral aun no había concluido.

Se había comprometido a asistir a un compromiso social en representación de la familia. Era una puesta de largo, una de esas tradiciones del S. XIX, ridícula y trasnochada hoy día, que la clase acomodada de la ciudad se empeñaba en mantener, quizás para diferenciarse del “resto”.

Para colmo no conocía a los anfitriones, estos eran antiguos socios comerciales de su padre con los que hacia años que había perdido el contacto social, pero los eventos de los últimos meses habían hecho resurgir esa relación.

La crisis, la famosa crisis, no había golpeado solo a la clase trabajadora americana, aunque no era de dominio publico (esas cosas se mantienen en la mas estricta privacidad) muchos de los magnates y familias de renombre habían perdido una parte importante de su capital en la bolsa, otros, los mas codiciosos, habían invertido su dinero en fondos de dudosa legitimidad, pero muy rentables (como el del famoso Madoff) y al derrumbarse el castillo de naipes muchos se encontraron arruinados de la noche a la mañana.

Los antiguos socios de su padre eran de los últimos.

Esto podría parecer justicia poética, y para Warren ciertamente lo era, y no habría movido un dedo para ayudarlos, pero, como en tantas otras cosas, su padre tenía una visión diferente.

Cuando sus antiguos socios acudieron a el a pedirle (suplicarle es una palabra mas acertada, pensó Warren) que inyectaran capital en su sociedad para evitar la quiebra, y con ella el escándalo, su padre, a pesar de los problemas que podría acarrear a su propia empresa y a su reputación si las cosas salían mal, se comprometió a ayudarles.

Aun recordaba la fuerte discusión que habían tenido, como le expuso a su padre los enormes riesgos que asumían dado el agujero económico a cubrir y la situación financiera mundial. Pero su padre no cambió de parecer; sentía una obligación moral hacia ellos e insistía en que era su deber ayudarles.

Warren podía haberse negado, por supuesto, su padre hacia mucho que se había retirado y su puesto como presidente ejecutivo de la compañía era más simbólico que otra cosa; eran Warren y sus hermanos los que hacia años que dirigían la empresa y si el hubiera querido, hubiera sido fácil convencerlos de que vetaran la operación, pasando por encima de la voluntad de su padre.

Pero no lo hizo, al profundo respeto que sentía por su padre se unía el sentimiento de gratitud, nunca suficientemente expresado, por haberle adoptado. Cuando sus padres (para Warren eran sus auténticos padres, mucho mas que los biológicos, a los que nunca conoció) lo recogieron del orfanato a la edad de seis años, le dieron mucho mas que una familia, mas que el amor y el cariño que todo niño necesita. Le dieron algo que por sus circunstancias de nacimiento nunca hubiera podido tener; una oportunidad, y el la había aprovechado.

Cuando el y sus hermanos heredaron la empresa que su padre había fundado, esta era ya un negocio prospero y consolidado, pero bajo la dirección de Warren se había convertido en un referente, en líder de su sector, y todos reconocían que había sido gracias a el. Pero todo el éxito, el dinero y el poder que había conseguido no eran nada para el comparado con la mirada de orgullo que veía en los ojos de su padre cuando le miraba.

No, a pesar de lo que el pensara nunca se opondría a los deseos de su padre.

Iba dándole vueltas a esto cuando se percato que hacia rato que habían salido de la ciudad y estaban ya en las afueras, en una zona de inmensas propiedades y casas suntuosas rodeadas con verjas y jardines; el refugio de los millonarios, donde se atrincheraban, sintiéndose seguros y a salvo no se sabe bien de que.

Al fin llegaron a su destino y Warren no pudo evitar una mueca de disgusto. La casa de sus anfitriones era una mansión enorme, de estilo sureño, con una inmensa columnata en la entrada, y rodeada de unos inmensos jardines en cuyo centro había una fuente tan grande y barroca, que al verla pensó en llamar al vaticano, a ver si les habían robado algo.

La impresión general era de derroche y ostentación, todo aquello que el detestaba. Siempre había sido así, desde niño, quizás porque era muy consciente de sus orígenes, o quizás porque al crecer en una familia acomodada, para la que el lujo no era la excepción, sino la norma, le había hecho poco receptivo a ello.

Antes de entrar ya quería irse.

Su chofer estaba teniendo problemas para encontrar un lugar donde aparcar, tal era la cantidad de BMW, Lexus y Mercedes amontonados, así que se bajo y le dio instrucciones para que le esperara; no pensaba tardar mucho, lo justo para cumplir el compromiso, felicitar a los orgullosos padres y hacerse la foto con la niña.

Se dirigió a la escalinata principal con paso decidió mientras recomponía lo mejor que podía su arrugado traje, mientras se lamentaba no haber tenido tiempo para pasar por casa a cambiarse, se ajustó la corbata, tomó aire y sonrió pensando “las cosas que hace uno por la familia”

Iba a traspasar la entrada cuando un hombre de mediana edad con uniforme de mayordomo le salió al paso.

-¿Puedo ayudarle?

-Ah, si, vengo a la puesta de largo.

-Ya veo ¿es usted amigo de la familia?

-Mmm, no exactamente, vera…

El hombre le interrumpió, y con una mirada displicente le dijo:

-Entiendo, sígame por favor

Bajaron las escaleras y dando un rodeo entraron por una puerta lateral a una pequeña sala llena de gente, donde el mayordomo se despidió con un brusco:

-Espere aquí

Warren miraba confuso a su alrededor, un hombre se le acercó y puso en sus manos un sándwich y una cocacola y se alejo sin que Warren pudiera preguntarle.

No entendía nada, aquello no podía ser la puesta de largo ¿Qué pasaba aquí?

Entonces lo entendió. Toda aquella gente, los hombres y las mujeres, vestidos con lo que se adivinaba su mejor ropa, pero que a pesar de ello no podían ocultar su humildad y su pobreza…eran todos negros.

Como el.

La verdad le golpeo como un puñetazo en el estomago. La sorpresa supero al principio a la indignación; el no era un ingenuo, sabia que existía el racismo, que había gente que juzgaba a los demás por el color se la piel…simplemente el nunca la había experimentado. El crecer en su familia le había ahorrado ese sufrimiento; incluso los más racistas tienden a vigilar lo que dicen delante de un negro que es uno de los más influyentes personajes de Wall Street.

El dinero lo compra todo, incluso la aceptación social.

Pero es obvio que ese no era el caso. Suponía que todo esas personas eran aparceros de la finca, personal de servicio y gente que vivía en los alrededores y que se creyeron con derecho a estar en un plano de igualdad por el simple hacho de ser vecinos…y a el le habían tomado por uno mas de ellos.

Warren estaba furioso, no, mas que eso, nunca se había sentido así…salió de la pequeña habitación dando un portazo, dejando detrás miradas de sorpresa, subió los escalones de la entrada principal de dos en dos, casi saltando, y entro en la sala.

Se quedo en la entrada, mirando de un lado a otro…efectivamente, no se había equivocado; todos blancos, todas las personas allí reunidas ofrecían la perfecta imagen del WASP americano, blanco, anglosajón y protestante.

Los únicas personas de color eran los camareros que se movían entre la multitud con bandejas de canapés y bebidas.

En ese momento el mayordomo le vio, se cara se movió en una mueca de contrariedad y se acerco a el rápidamente. Cuando llego a su altura abrió la boca para decir algo pero Warren no le dejó.

-Gracias por el sándwich pero no era de mi gusto, le dijo mientras abría la cartera y sacaba dos billetes de 100 dólares.

-Esto cubrirá los gastos, siguió diciéndole mientras arrojaba los billetes al suelo, y con lo que sobra cómprese la revista People o el Wall Street journal, y entérese de quien es Warren Workington. Su jefe va a averiguarlo muy pronto.

A su alrededor la gente cesaba las conversaciones y observaba con una mezcla de sorpresa y curiosidad, pero Warren no les miro, se giro y salió a la calle.

Mientras se dirigía a su limusina se sentía muy cansado, y mas que se sentiría mañana; hundir una compañía no es un trabajo fácil, pero el pensaba disfrutarlo.

El pensamiento le hizo sonreír...

9 comentarios:

Pfunes dijo...

Muy bueno, aunque he echado de menos una cara de sorpresa del padre de la chica o de la propia chica. Warren se desenvuelve con elegancia, me gusta. Sobre todo el regustillo que le queda al final.

Un saludo

cristimaiden dijo...

Espero la continuación de la historia, tiene pinta de ser interesante. Seguro que tu cabecita crea una historia bastante buena.

Un beso

El emigrante dijo...

Gracias Pfunes, pero este vez tengo la impresión de que no me ha quedado muy redondo...se ve que cuando me alejo de la politica pierdo mi "toque" :)


Cristina, siento decepcionarte pero no va a haber continuación; solo queria reflejar por un lado, lo absurdo del racismo y por otra cosntruir un relato donde poder usar los parrafos finales. La verdad es que muchas veces mis escritos solo son estructuras en las que encajar frases o situaciones que me gustán.

Puede sonar raro, pero estoy seguro de que eso lo hace mucha gente, sin ir mas lejos, la peli "El color del dinero", estoy seguro de que toda la pelicula no es mas que una excusa para que Paul Newman pueda decir la frase final...la mejor frase de la historia del cine :)

Ahora, que si de verdad quieres que escriba la continuación de la historia segura que podemos llegar a algun acuerdo...

Javier Pol dijo...

Este es el sueño americano, con un presidente negro y en los estados sureños nunca sera aceptado por esa reminiscencias de racismo. Se podría aplicar a muchos países incluido el nuestro, gran relato.

cristimaiden dijo...

Ehm, ehm, ya hablaremos. Mientras tanto tu a lo tuyo, pero si que te ha salido algo bueno, y tu toque lo mantienes, creeme.

Un beso

El emigrante dijo...

Me alegro de que te haya gustado Javier, ahora, eso de que Obama es negro...ni por el tono de piel (descafeinado) ni por extracción social, ni por educación lo es. Me gustaría ver si hubiera sido un negro de verdad (como el cantante Seal, negro como el betún) lo hubieran votado. Y es que con eso de que lo hayan elegido parece que en USA ya no hay racismo, cuando hace apenas 50 años aun había educación diferenciada, los negros tenían que ir en la parte de atrás del autobús y no podían beber de las fuentes públicas de los blancos...


Vale Cristina, ya hablaremos, pero ya sabes mis condiciones :)


Un saludo a los dos.

mil_rosas dijo...

Emigrante, hasta que no he leido los comentarios no he sabido que lo has escrito tú, pensé que era algún capítulo de alguna novela. Escribes muy bien, que envidiaaa!!! pero de la sana.

Bueno, yo quiero darle la vuelta a la tortilla, ¿por qué siempre que se habla de racismo el "bueno" es el negro, y el "malo" es el blanco? ya sé que a lo largo de la historia ha sido así, pero en los tiempos que corren pienso que cualquier persona, de cualquier raza puede ser víctima del racismo. Sin ir más lejos yo misma he sufrido el racismo en mi propio páis, e incluso en mi propia ciudad (Ceuta).

No hay nada peor que sentirte extranjero en tu propia tierra por ser de otro color, cultura o religión.

Saludos.

El emigrante dijo...

Gracias mil_rosas, pues si, es mio :) el 90% de las cosas del blog las escribo yo, y cuando no es asi lo digo al principio (como en el cuento de la cigarra y la hormiga)

Elegí que el protagonismo fuera negro porque ubiqué la historia en America, y alli esta
claro :) ahora, si eres de Ceuta, entiendo lo que me dices que has sufrido racismo...en fin, un saludo y nos seguimos leyendo por aqui.

BOIRA_A dijo...

Otra vez tengo que decirte quye escribes muy bien? pues dicho queda
Ojala haya segunda parte