sábado, 12 de marzo de 2011

Soldadito español



Esta semana que se cumple el aniversario de la desaparición del servicio militar obligatorio me ha parecido adecuado recordar este artículo de Pérez reverte, que habla de uno de esos reclutas anónimos, uno al que le tocó cumplir su deber.

Yo no he hecho la mili, pero confieso que si en su momento me hubiera tocado, probablemente hubiera objetado ¿Quién querría perder un año de su vida jugando a los soldaditos?

Pero ahora, cuando escucho las historias de los que sí fueron (mis primos, mis amigos) siento que quizá me perdí una experiencia que me habría enseñado algo de la vida. Madurez, quizás, camaradería, o a “hacerte un hombre“ como decía mi abuela… eso explicaría porque desdeque no se hay mili, los hombres cada vez están más amariconados (que no tiene nada que ver con ser homosexual)

Les dejo con el maestro:

“Lo que voy a contarles ocurrió hace treinta y cinco años exactos, casi día por día, en diciembre de 1975; pero me acuerdo bastante bien. Es una historia que en su momento -yo era un jovencísimo reportero, enviado especial del diario Pueblo en el Sáhara desde hacía ocho meses- no me dejaron publicar. No eran buenos tiempos ni para la libertad de prensa ni para otras libertades, pero uno se las apañaba allí lo mejor que podía. Aunque en esta ocasión no pude. Recuerdo el episodio con mucho sentimiento, por varias razones. De una parte, los últimos sucesos en el Sáhara le dan, para mí, especial significado. De otra, algunos testigos fueron muy queridos amigos míos. Casi todos de los que tengo memoria están muertos, excepto el entonces capitán Yoyo Sandino, de la Policía Territorial, que creo estaba presente. Yo mismo viví la última parte del episodio; pero ya no recuerdo quién más estaba allí, aparte del teniente coronel López Huerta y el comandante Labajos, ya fallecidos. Acababa de morir Franco, y España entregaba el Sáhara a Hassán II. El Aaiún era una ciudad en estado de sitio, con toque de queda, cuarteles y barrios en poder de los marroquíes, y otros aún bajo autoridad española. Uno de éstos era Casas de Piedra, feudo del Polisario; la custodia de cuyo perímetro, rodeado de alambradas y caballos de Frisia, correspondía a la Policía Territorial. En sus sectores, la gendarmería real y las tropas marroquíes se comportaban con extremo rigor. Había innumerables detenidos. Y cada día, muchos jóvenes saharauis, así como veteranos de Tropas Nómadas y de la Territorial, huían al desierto para unirse a la guerrilla que ya combatía en las zonas abandonadas del este.

Aquella noche, una patrulla marroquí que pasaba cerca de Casas de Piedra fue tiroteada desde el otro lado de la alambrada. Los dos soldaditos españoles de guardia a la entrada del barrio -reclutas de mili obligatoria, destinados forzosos al Sáhara como policías territoriales- se apartaron de la luz, inquietos, y se quedaron allí hasta que hubo ruido de motores con resplandor de faros, y varios vehículos se detuvieron en el puesto de control. De ellos bajó nada menos que el coronel Dlimi, comandante general de las fuerzas marroquíes en el Sáhara, acompañado por todo su estado mayor y una sección de soldados de las fuerzas reales. Todos, incluido Dlimi, venían armados con fusiles de asalto, y estaban dispuestos a entrar en Casas de Piedra y arrasar el barrio como represalia por los tiros de media hora antes. Imaginen la escena: la noche, los faros iluminando la alambrada, el coronel en contraluz con todas sus estrellas y galones, y los dos soldaditos con todo aquello encima. Acojonados.

Lamento no recordar sus nombres, o tal vez no los supe nunca. Pero esto fue lo que hicieron: mientras uno de ellos echaba a correr hacia donde tenían la radio para avisar a sus jefes, el otro tragó saliva, se cuadró y les dijo a los marroquíes que no pasaban -yo conocí a su oficial superior, el eficaz y duro teniente Albaladejo, y estoy seguro de que el chico prefirió vérselas con ellos antes que con el teniente-. Como pueden ustedes suponer, Dlimi se puso hecho una pantera. A gritos, descompuesto, mandó al territorial que se quitara de allí o le iban a pasar por encima. Tengo órdenes de no dejar entrar a nadie, dijo éste. No sabes con quién estás hablando, etcétera, aulló el otro. Luego blandió su arma e hizo ademán de cruzar la alambrada, seguido por todos los suyos. Fue entonces cuando el soldadito dejó de ser lo que era, un humilde recluta forzoso que hacía la mili en el culo del mundo, para convertirse en otra cosa. En lo que juzguen ustedes que fue. Porque en ese momento, casi con lágrimas en los ojos y temblándole la voz, montó su fusil -clac, clac, chasqueó el cerrojo al meter una bala en la recámara- y le dijo en su cara al poderoso coronel Dlimi, jefe de las fuerzas marroquíes en el Sáhara, estas palabras extraordinarias: «Mi coronel, por mi pobre madre que, como alguien pase de ahí, le pego un tiro».

El aviso me pilló en el bar del cuartel de los territoriales, y a Casas de Piedra me fui, quemando neumáticos en el Seat 600 con el cartel Prensa que teníamos alquilado a medias Pedro Mario Herrero, del diario Ya, y el arriba firmante. Tuve así oportunidad de asistir al último acto del episodio, cuando llegaron los jefes españoles y tras una tensa negociación lograron que Dlimi se retirase con su gente. En cuanto al soldadito que le paró los pies salvando el barrio de una represalia, no eran, como digo, tiempos para la lírica. Me temo que la única recompensa que obtuvo aquella noche fue el cigarrillo Coronas que el comandante Labajos le ofreció de su paquete, la palmada en la espalda del teniente coronel López Huertas y esta página en la que hoy lo recuerdo.”

Y ahora, después de leer esto, de leer los cojones de ese soldado anónimo, que no se jugaba nada, ni un sueldo, ni un mando, ni una carrera… solo su vida y su orgullo de soldado español, pienso en todos esos soldaditos que forman nuestro ejército hoy día, esos de nombre Yusuf, Mohamed, Walter o Wilson, que son los que tendrán que defender el país cuando llegue al momento, derramando hasta la última gota de su sangre si hace falta, y no sé porque me hecho a temblar.

6 comentarios:

Stop dijo...

Afortunadamente el valiente soldado español no tuvo que apretar el gatillo. Es casi seguro que el arma se le habría encasquillado.

Yo hacía escoltas con un subfusil con el cargador vacío. Eso sí, llevaba otro con balas en el cinto, por si las moscas. Pero eso duró poco porque mi comandante me pidió un día la cartuchera. Me negué a dársela, porque me temía una inocentada del tipo: "nunca se entrega la cartuchera". Lo mismo me pasó cuando me pidió el subfusil. Tras mucho discutir, y asegurarme el hombre una y otra vez que debía entregárselo, yo estaba de servicio y él, en realidad no tenía motivos aparentes para pedirme las armas, se las entregué.

El hombre, que era un buenazo, aparentemete, pero muy estricto, me dijo que la munición estaba defectuosa.

Parece que tenía razón y a partir de ese momento realicé el resto de mili las escoltas con dos cargadores vacíos. Para colmo, uno de los oficiales de alta graduación era un objetivo reconocido de ETA. Pero bueno, el chofer llevaba una pistola. De un solo tiro. La maldita se encasquillaba tras el primer disparo.

Sobre mi CETME... era uno de los pocos que funcionaban bien, pero precisamente por eso el brigada me peqó el cambiazo de unas cuantas piezas, que necesitaba para el suyo, que no usaba para nada de nada, y desde ese momento los refuerzos los hice con un CETME también de un solo tiro porque se encasquillaba.

Pero siempre te quedaba la bayoneta. La mía estaba sin afilar, como todas, y como no éramos una unidad propiamente de combate, no dejaban que los afilases, estaba prohibido, así que aquello era como una especie de cuchillo romo.

Pero siempre te quedaba la opción de lanzarle el cuchillo a la cabeza del enemigo, o como bien nos decían, utilizar el CETME para golpear al contrario, como si fuera un palo, o un garrote. Y después estaba el casco. Un buen golpe de casco en la cabeza del contrario, como mínimo les dejaría un buen dolor de cabeza.

En fin, que menos mal que no tuvo que disparar.

sinrrumbo dijo...

....sabes que pasa , los "soldaditos" del añño 2011, son profesionales , en teoria no tenemos que echarnos a temblar cuando escuchamos sus nombres.... ..mis dias de soldadito español, los pase la mayoria en cocina.., como contable... por las mañanas recogia el pan de los 4000 "soldaditos" del cuartel,...en la panaderia militar...un "dodge" nos llevaba y nos traia...

Anónimo dijo...

Soi soldado de infanteria ligera en el garellano 45 en munguia vizcaya y si que haces bien en echarte a temblar al oir esos nombres.
Solo saben decir puta españa y que ni de coña lucharian contra su pais te lo digo de primera mano.

El emigrante dijo...

Hombre Stop, yo creo que en tiempos de guerra (o semi guerra, como fue la descolonización el Sahara) los soldados tendrían armas en condiciones… o no, en España cualquier cosa es posible.


Tú lo has dicho Sinrrumbo “en teoría” pero échele un vistazo a lo que dice anónimo…


Pus gracias por confirmar mis sospechas anónimo, yo creo que si llegara el caso se fugaría con armas y pertrechos… pero la culpa no es de ellos, sino de quienes dejaron que entraran en el ejército español, sea quien sea.


Sañudos a todos.

sinrrumbo dijo...

....sin palabras

Stop dijo...

En España los políticos que tenemos son profundamente traicioneros para con España. Traicionan a su país todos los días del año.

En el ejército no se debería permitir la entrada de ninguna persona con la que España no tenga un tratado de doble nacionalidad. Esta medida tan simple evitaría que en el ejército pudieran entrar traidores y topos islamistas porque para Marruecos la nacionalidad nunca se pierde y pasa de padres a hijos, así que a todo aquel con pasaporte marroquí, aunque tenga DNI español, debería prohibéirsele entrar en el ejército, la policía y otros sitios sensibles de la función pública en España.